Deslegitimar el capitalismo. Reconstruir la esperanza. Postfacio


Deslegitimar el capitalismo, afirmar que otro mundo es posible, recrear la esperanza, todo eso tiene desde luego un gran valor, pero es totalmente insuficiente. Un libro escrito justo un siglo antes que esta obra ya lo decía: ¿Qué hacer? Estaba firmado por un autor que en nuestros días no nos atrevemos mucho a citar: Lenin. Y sin embargo, es una etapa indispensable para permitir a los actores sociales desempeñar su rol. La conciencia doble, por una parte, de los mecanismos que construyen las sociedades, y, por otra, de las posibilidades de transformarla en profundidad es una exigencia preliminar. Esta etapa está lejos de ser superada en el mundo actual. La cultura del consumo mantenida por la inmensa visibilidad de las producciones, aunque estas solo sean accesibles para una pequeña parte de la humanidad, es un elemento importante de la polarización de la conciencia. El fracaso del socialismo al que hemos llamado real es otro.

Es por eso que veinticinco años después del Consenso de Washington y diez años después de la caída del Muro de Berlín, el despertar que significan las protestas contra los dirigentes mundiales como el Banco Mundial, el FMI, la OMC, así como el nacimiento de foros sociales mundiales y regionales, representa una nueva etapa en las luchas sociales a nivel mundial. No obstante, la creación de esta dinámica no debe ser sino un paso hacia compromisos concretos. No basta con ella misma, ya que su institucionalización podría suponer una recuperación progresiva que permita al capitalismo adaptarse a las nuevas circunstancias.

La puesta en marcha de alternativas a todos los niveles y la elaboración de estrategias para ello constituyen por lo tanto el objetivo central. La experiencia acumulada por los movimientos sociales, sus éxitos y sus fracasos, contribuyen a ello, porque su historia es ya larga. Aunque haya muchas nuevas propuestas y frentes abiertos, aunque sigan emergiendo nuevos actores sociales, como lo hemos visto en estas páginas, el combate contra un sistema económico de explotación social y de destrucción ecológica continúa prácticamente igual.

Las estrategias, también, son realidades concretas y no pueden ser satisfechas con la simple expresión de aspiraciones y deseos. Algunas han hecho sus pruebas, otras se han cuestionado. Hay que evitar los escollos del dogmatismo, así como los de los no iniciados. En resumen, aunque las luchas sociales tengan una nueva cara, están lejos de ser un nuevo invento. Estamos viviendo un proceso de maduración, que tomará su tiempo, pero que al mismo tiempo es urgente, por todo lo que hemos intentado sacar a la luz en estas páginas.

¿Y por qué no hablar de socialismo? Simplemente porque para evitar ambigüedades parece preferible en primer lugar poner el énfasis en el contenido antes que en la denominación. Si por socialismo se entiende un proyecto radicalmente poscapitalista, en el que los cambios inmediatos a favor de las poblaciones más empobrecidas y explotadas son etapas de un proyecto revolucionario y no solo reformas dentro del propio sistema, entonces sí, hablamos de socialismo. Ese es un nuevo debate por abrir.

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