Deslegitimar el capitalismo. Reconstruir la esperanza. Prefacio

| Samir Amin

El capitalismo ha inaugurado un nuevo sistema de organización de la vida social articulado alrededor del dominio de lo económico. El resto de las dimensiones de la vida social quedan sometidas, pues, a las exigencias de la expansión económica. Se trata realmente de una revolución que invierte las relaciones que, hasta el momento, sometían la vida económica a las exigencias de las lógicas del poder político. Con el capitalismo, la mercancía, los intercambios mercantiles y el valor imponen unilateralmente su ley por primera vez. Dichos intercambios mercantiles, bien conocidos desde antes del capitalismo, no ocupaban en las sociedades concretas la posición determinante en última instancia. Sin embargo, el capitalismo funda una verdadera economía de producción mercantil generalizada. El valor de cambio deviene el valor supremo que domina la organización social en su conjunto. La ley del valor no solo prima sobre la vida económica, sino sobre toda la vida social en todas sus dimensiones. No existe economía de mercado que no sea igualmente una sociedad de mercado . Esta revolución que inaugura la modernidad ha traído con ella progresos indiscutibles. Ella ha fundado una articulación nueva de la propiedad y de la libertad que define la esencia misma del capitalismo: la libertad de empresa privada como nudo central previo de la libertad individual. Bien entendida, esta libertad es únicamente la del capitalista propietario de los medios de producción devenidos capital mientras que los otros individuos no gozan más que de la libertad de vender su fuerza de trabajo. Ella deja de ser el fundamento del Estado de derecho moderno y de la forma democrática conquistada parcial y progresivamente por las clases dominadas. La economía capitalista no es, por consiguiente, una economía de mercado (es decir, de mercados generalizados ) tal y como expresa la vulgata dominante. Es más que esto: una economía de producción capitalista (comandada por el capital), aunque igualmente mercantil. La libre empresa domina a su vez la competencia entre los capitales privados, y esto está en el origen de una aceleración prodigiosa del progreso tecnológico. La vulgata ideológica hegemónica asocia el conjunto de todos estos términos libertad de empresa, respeto a la propiedad privada, competencia, economía de mercado, Estado de derecho y democracia como si los mismos fueran suficientes para designar lo que es el capitalismo. Propone, pues, una visión optimista del mundo moderno, fundado sobre el triunfo de la Razón como factor de progreso continuo sin límites. Relega el pasado de la humanidad al museo de lo irracional y califica toda concepción de un porvenir diferente como una utopía destructiva (vale decir, totalitaria). Esta vulgata considera, pues, el capitalismo como el fin de la historia , sin dejar más margen a la acción que el del seno del propio sistema (con el objetivo de mejorarlo , de proporcionarle un rostro humano , de corregir sus excesos , etc.). Esta vulgata no es nueva: la ideología producida por la Ilustración definía el triunfo (definitivo) de la Razón en los mismos términos a partir de los cuales los defensores actuales del capitalismo proclaman el fin de la historia.
La máscara de apariencia realista e inocente del discurso de la vulgata dominante esconde la otra vertiente de la realidad capitalista. Sustituye el análisis de un sistema perfectamente imaginario (la economía de mercado y la democracia) por el del capitalismo realmente histórico.
La lógica de la expansión del capitalismo no procede de la existencia de mercados generalizados (la competencia beneficiosa para todos), sino de la constante acumulación de capital (en provecho exclusivo de la clase dominante, es decir, la de los propietarios). La lógica capitalista asocia el fetichismo de la mercancía (toda actividad humana debe comprenderse sometida a las reglas del mercado) y del capital (los medios de producción no son los instrumentos utilizados libremente por los trabajadores, sino la propiedad de los capitalistas que someten a las exigencias de maximización del beneficio a los que proporcionan un empleo ).
La instrumentación de esta lógica no permite solo las destrucciones constructivas (la eliminación de las formas antiguas de producción en beneficio de formas más eficaces); ella conlleva dimensiones intrínsecamente destructoras.
Destrucción del individuo, cuya realidad está muy lejos del elogio desconsiderado que la vulgata ideológica propone, ya que el individuo mayoritario en el capitalismo realmente existente no es casi más que un vendedor de fuerza de trabajo, poco o muy calificada (los mismos cuadros están tomando actualmente conciencia del margen estrecho de libertad que el sistema les garantiza). Devenido príncipe ciudadano en las democracias modernas del capitalismo central, su libertad de elegir y de imaginar se ven ampliamente abolidas por la sumisión a las exigencias del mercado que se les demanda. Puede votar libremente, pero su voto no sirve de nada puesto que es el mercado quien decide en todo. Miserable compensación: el individuo queda reducido al estatus de consumidor beatífico.
Destrucción de la naturaleza, debido a que la racionalidad del cálculo económico mercantil está por definición reducida a un corto periodo de tiempo. Analizada por Marx y redescubierta por los ecologistas contemporáneos, esta destrucción ha llegado a una fase a partir de la cual constituye una seria amenaza multidimensional (supervivencia de especies, calentamiento posible del planeta, etcéctera).
Destrucción de pueblos y naciones. La acumulación primitiva se había manifestado a la vez por la destrucción salvaje de las comunidades campesinas locales (los cercamientos en Inglaterra y después en el conjunto de Europa) y de pueblos enteros, exigida por la formación de las periferias de América (genocidio de pueblos indígenas, trata de negros). La expansión ulterior y continua del capitalismo globalizado reproduce permanentemente los procedimientos de la acumulación primitiva, imponiendo una relación de desigualdad cada vez más profunda entre sus centros dominantes y sus periferias dominadas. Destrucción y empobrecimiento cultural, pauperización masiva (hoy día extendida a los tres mil millones de campesinos amenazados por la adopción de cercamientos a escala mundial), exclusión de toda perspectiva democrática, son los efectos fatales de la lógica de la expansión capitalista.
Las dimensiones destructoras de la acumulación son, en el momento actual, exacerbados por los desequilibrios sociales y políticos asociados al liberalismo globalizado. Las privatizaciones a ultranza se implementan de tal modo que cada movimiento del ser humano devenga la ocasión para la extracción de un beneficio para el capital. La globalización pone en marcha un sistema insoportable de apartheid a escala mundial, que implica su gestión militarizada. Ninguno de sus desarrollos tiende a favorecer los progresos de la democracia.
Será posible decir que el capitalismo puede ser mejorado , reformado , que los mercados pueden ser regulados, de manera que se tengan en cuenta intereses sociales distintos de los del capital dominante. Observación válida y reconfortante para la historia moderna. Las evoluciones de este género, posibilitadas por las relaciones de fuerza más desfavorables para las clases y pueblos dominados, han contribuido ciertamente a la maduración de conciencias que permiten ir más allá del capitalismo. Sin embargo, tales evoluciones siguen siendo precarias dado que el capitalismo no llega a ser deslegitimado en sus principios fundamentales.
Los movimientos alternativos contemporáneos movilizan fuerzas sociales que toman conciencia de las exigencias de una visión estratégica a largo plazo, que deslegitiman el capitalismo y abren la perspectiva del socialismo. La praxis de las luchas y el imaginario de la gente han inventado procedimientos de organización de este futuro mejor concebidos sobre la base del principio de una socialización fundada principalmente en la democracia y (quizá) solo de un modo accesorio sobre el intercambio mercantil.
Los trabajos teóricos de François Houtart, al igual que sus posiciones políticas militantes, ilustran la riqueza producida por la convergencia en la diversidad que se está dibujando en la gran familia altermundialista. La Teología cristiana de la Liberación, a cuya construcción François Houtart consagra su vida, confluye naturalmente con todo el resto del pensamiento humanista en la construcción del posible y necesario futuro socialista.

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