Deslegitimar el capitalismo. Reconstruir la esperanza. Prólogo


Globalizar los intercambios en el marco del libre mercado permitirá a la humanidad salir de la pobreza y entrar en una era de equilibrio y felicidad: este es el mensaje transmitido hoy tanto al Norte como al Sur. Tal convicción es lo que anima a los responsables de la economía mundial. Ella preside desde hace más de dos siglos la evolución del sistema económico y se impone en nuestra época bajo la forma de reorganización general de la sociedad, que se denomina globalización.
Bien anclada en la visión de Adam Smith de la mano invisible reguladora, esta concepción del mundo atribuye al mercado una función que sobrepasa la economía y se incorpora a la ética social. No olvidemos que el inspirador del pensamiento liberal no era economista, sino un moralista preocupado por reconciliar los intereses individuales divergentes y, por tanto, las fuentes de conflicto. La idea consiste en dejar funcionar los intercambios de bienes y servicios lo más libremente posible: un equilibrio que resulte en beneficio de todos y contribuya a la paz social.
Continuemos este razonamiento. El capitalismo, como sistema, se inscribe en esta lógica, dado que organiza la actividad económica en función de la oferta y la demanda, con el propósito de dinamizar la primera y extender la segunda. Esto se lleva a cabo privilegiando el capital entre los factores de producción, y no sin razones. Este último, en efecto, desempeña un papel preponderante en la propiedad de los medios de producción, en la organización del trabajo y en la repartición de lo que es producido. Aún más, resulta que los propietarios y los gerentes del capital son los mejores a la hora de asignar los recursos, de dar a la producción de bienes y servicios toda su racionalidad, de canalizar el consumo en función de la solvencia. La lógica consiste, pues, en producir el valor añadido, con el fin de contribuir a la acumulación de un capital destinado a invertirse en nuevos proyectos económicos.
La perspectiva de una visión como esta es la del progreso constante, impulsado por un proceso de crecimiento, de creación de riquezas, e inscrito en la gran tradición de la filosofía de las la Ilustración. La actividad mercantil es el motor de este proyecto humano de emancipación, y el individuo emprendedor es quien la pone en práctica. El mercado es, por tanto, un mecanismo esencial al funcionamiento de la sociedad, hoy globalizada. Las instituciones políticas tiene el papel de garantizar su libertad, la cual está en la base de todas las demás. Existe, pues, el deber moral de velar porque estas condiciones sean alcanzadas por la promoción de una economía de mercado, como la única capaz de responder a tales exigencias materiales y culturales de la humanidad. He aquí el razonamiento, de una lógica teórica rigurosa, que legitima a la vez el capitalismo como sistema económico, como fundamento de la organización política y como cultura del progreso. Ahora, ¿qué constatamos después de tres siglos de desarrollo de tal lógica? Una riqueza enorme ha sido producida. Progresos espectaculares han sido instrumentados en los campos científicos y técnicos. Y, sin embargo, jamás ha habido tal cantidad de pobres y jamás las distancias sociales han sido tan considerables. Hay, por consiguiente, un abismo entre la teoría y la práctica, entre el discurso y la realidad, entre las intenciones y los resultados. ¿Es todo esto el resultado de disfunciones accidentales o el resultado de la debilidad y del egoísmo humano? ¿O será que la misma lógica del sistema debe ser puesta en tela de juicio? ¿Se puede humanizar el capitalismo o es preciso reemplazarlo radicalmente? ¿Existen grupos sociales interesados en su mantenimiento? ¿Cuáles son hoy día? ¿Hay una dimensión espiritual en la lucha social?
He aquí las interrogaciones que presiden esta obra que retoma en síntesis trabajos precedentes, los cuales han sido objeto de editoriales de la revista Alternatives Sud del Centro Tricontinental de Lovaina la Nueva.

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