La integración en América Latina. Prólogo

| Osvaldo Martínez

Durante mucho tiempo la integración de América Latina y el Caribe ha sido el reino de la retórica. Durante décadas la integración coleccionó promesas, frases grandilocuentes y escasas acciones reales de integración. En ese reino de las frases vacías estuvo, al menos desde el triunfo de la Revolución cubana en 1959, hasta la primera década del siglo XXI, cuando al parecer, la brillante e irrealizada integración regional empieza a moverse en busca de su realización.

La historia de esa integración puede resumirse en algunos puntos básicos. Ella siempre ha tenido brillantes perspectivas teóricas: la imbricación interna de una región con sólidos recursos naturales, con similitudes de estructura y de modelo económico colonial y neocolonial, con riquísima diversidad y afinidades culturales, con relaciones al interior de la región a veces conflictivas, pero formando parte de una comunidad histórica, con una singular fortaleza lingüística dada por la realidad feliz de que unos quinientos cincuenta millones de personas a lo largo de una vasta región puedan comunicarse oralmente en español o en portugués brasileño.

Pero, esas favorables posibilidades no han pasado de ser posibilidades. Las causas de la frustración son diversas. Entre ellas se destaca la firme postura contraria a toda forma de integración propia de los latinoamericanos, por parte de los gobiernos de los Estados Unidos, desde la doctrina Monroe hasta ahora.

Para esos gobiernos su traspatio o zona de dominación no podía hacer una integración que multiplicara, por acción de la unidad, la capacidad de resistencia de los dominados. Desde la abierta oposición al bolivariano Congreso Anfictiónico de Panamá, hasta el ALCA y los Tratados de Libre Comercio actuales, los Estados Unidos han hostilizado los proyectos integradores regionales y han planteado sus propuestas de integración de nuestros países como apéndices subordinados suyos.

Hay una larga historia de sabotajes imperialistas a cualquier atisbo de integración autónoma, en no pocas ocasiones aprovechando la codicia, la miopía y la corrupción de las oligarquías latinoamericanas. Hay tristes episodios bélicos entre países vecinos, en los cuales fue frecuente la infeliz combinación de los intereses estadounidenses y la rebatiña por las salpicaduras entre oligarquías llamadas nacionales.

También hay en la segunda mitad del siglo XX, el intento de utilizar la integración subordinada a Washington como muro de contención de la Revolución cubana (Alianza para el Progreso), la concepción mutilada de una integración comercialista, encerrada en ejercicios irrelevantes de rebaja de aranceles para beneficio sustantivo de filiales de empresas transnacionales, carente de estrategia social, energética, de infraestructura y de defensa del medio ambiente.

A lo anterior se agregó la irrupción del neoliberalismo y su dogmática aplicación en América Latina. Dejarlo todo en manos del mercado y la iniciativa privada, abrir mucho más las economías a las transnacionales, retirar al Estado de su función reguladora, desintegró en buena medida la escasa integración que hasta la década de los ochenta existía.

El llamado “regionalismo abierto” recomendado por la CEPAL como intento de solución ecléctica entre la ya abandonada sustitución de importaciones y la triunfante apertura neoliberal, resultó ser muy abierto en términos de permitir la entrada del capital transnacional y competir entre nuestros países por acceder a los mismos mercados de los Estados Unidos y de Europa, y muy poco regional en cuanto a propiciar una integración autónoma que sirviera para solucionar los enormes problemas de subdesarrollo, pobreza e injusticia social.

Dejado atrás el esplendor del neoliberalismo, su pensamiento único, sus promesas de derrame de riqueza nunca cumplidas, aunque lejos aún de estar derrotada esa corriente de pensamiento y de políticas, América Latina vive otra nueva realidad.

El discurso de los candidatos neoliberales ya no gana elecciones, sino que las pierde, y una multiplicidad de izquierdas que van desde un embrión de proyecto de socialismo del siglo XXI, hasta políticas de redistribución asistencialista social sin tocar los fundamentos de la política económica neoliberal, se imponen en las elecciones. En ese escenario la integración ha empezado a salir de su letargo. En ella aparecen posiciones de rechazo al proyecto norteamericano ALCA-TLC de países importantes por su tamaño y peso económico y demográfico en la región, como Brasil, Argentina, Venezuela, Ecuador, Bolivia, y también aquellos comprometidos ya con los Estados Unidos mediante TLC como México, Chile, Centroamérica, o próximos a estarlo como Perú, o actuando como punta de lanza militar del imperio, como Colombia.

Están allí los viejos esquemas de integración (Mercado Común Centroamericano, CARICOM, MERCOSUR, Comunidad Andina, ALADI) buscando vías para adaptarse a la nueva realidad, y está también presente una nueva concepción de la integración que ya comenzó a andar, la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), que introduce una lógica diferente en ella respecto a las tradicionales definiciones de la integración como zona preferencial, unión aduanera, mercado común, etc.

El ALBA no encaja en ninguna de esas definiciones, al menos por dos razones: introduce la solidaridad y la cooperación en un escenario donde hasta entonces solo existían los intercambios mercantiles y las ventajas comparativas de mercado, y entiende la integración, ante todo, como unión de acciones para resolver en lo más inmediato graves déficits sociales acumulados en salud y educación, sin olvidar el comercio, las empresas conjuntas, la estrategia energética y la complementación productiva.

El ALBA es una criatura que da sus primeros pasos, pero lo hace mostrando una nueva lógica solidaria que apunta hacia la integración profunda, popular, socialista, que la Revolución cubana ha sostenido y anhelado durante medio siglo.

¿Cuáles serán las realidades que el futuro modelará en la integración regional? La lucha entre el proyecto ALCA-TLC y los que a él se oponen, ¿se resolverá mediante una integración nucleada alrededor de Brasil y sus ya grandes empresas de la oligarquía brasileña, ahora al parecer persuadidas de que es en América Latina y basado en ella donde debe realizarse el crecimiento económico de ese enorme país, en oposición al proyecto norteamericano que las relega a socios menores?

El desenlace lo dará la lucha política real. La integración latinoamericana y caribeña será en el siglo XXI la expresión en cuanto a acuerdos de integración de ese viejo topo de la historia: la lucha de clases. Ella decidirá si la región se moverá hacia la integración socialista con todos los colores, olores y sabores nacionales entretejidos en profunda unión supranacional o si continuará la prehistoria de desencuentros y frustraciones de la integración.

A la comprensión de la complejidad de ese proceso, contribuyen los trabajos que integran este libro, los que fueron presentados y debatidos en Seminario organizado por el Centro de Investigaciones de la Economía Mundial de La Habana, por un destacado grupo de economistas y sociólogos latinoamericanos desde un pensamiento de izquierda comprometido con el proyecto de verdadera integración de nuestros pueblos.
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