Las identidades: una mirada desde la psicología. Una mirada psicológica para pensar y sentir las identidades. Comentarios desde la complicidad.

| Lisett María Gutiérrez Domínguez. ICIC Juan Marinello

Cuando leí por primera vez Las identidades. Una mirada desde la psicología, de Carolina de la Torre Molina (2008), sentí que era el tipo de libro que, como psicóloga cubana dedicada a la investigación cultural, me gustaría escribir algún día: Unos años después que Carolina, he encontrado en lo identitario esa zona intersticial desde la cual poner el lente existencial e intimista del análisis psicológico en función de entender nuestros procesos culturales. Pero confieso que aquel primer acercamiento me dejó un poco frustrada, pues el libro me parecía tan agudo y tan completo, que se me hacía difícil imaginar, tras esa sistematización, algo más para aportar al estudio de las identidades en Cuba.

Hoy ya ha cambiado bastante aquella impresión inicial. Después de resumir de la primera a la última página, subrayar párrafos enteros, insertar anotaciones en sus márgenes y confrontar sus ideas con las de textos foráneos publicados en los últimos años, el libro se ha convertido en un puente imprescindible entre los resultados del trabajo de su autora y mis necesidades actuales de entender un campo de investigación para avanzar con nuevas propuestas.

Esta peculiar experiencia de aprendizaje es lo que me motiva a escribir y publicar mis valoraciones sobre el libro de Carolina de la Torre. Lo que pretendo no es exactamente hacer una reseña formal de un producto literario, sino comentar, partiendo de mi propia relación con el texto, lo que considero que el mismo aporta a la investigación cultural. En un primer momento presentaré una especie de síntesis de los contenidos tratados en cada capítulo, para después referir algunos caminos que sugiere y deja abiertos -incluso a veces sin proponérselo-, y por último resumir cuáles son, a mi juicio, las propuestas más relevantes del libro.

Vericuetos de lo identitario: una ruta en siete partes

Quiero empezar señalando que el concepto de las identidades funciona como un hilo conductor en torno al cual se va articulando todo el libro. En cada capítulo se enriquece con sucesivos enfoques, dimensiones de análisis, discusiones e interpretaciones; lo cual influye en que se consiga un alto nivel de intertextualidad entre los diferentes temas tratados.

Todos los capítulos comienzan con una cita de algún pensador célebre, que adelanta, con la precisión y la brevedad de lo poético, la esencia de aquello que se va a tratar a continuación. Después vienen varios epígrafes en los cuales se va desarrollando conceptualmente el tema principal. Y a modo de cierre, siempre aparece un testimonio experiencial (una anécdota, un sueño, el plegable de un hotel, una carta, un fragmento de entrevista…) para colocar al lector frente a una manifestación concreta, tomada de la vida real, que ilustra y “aterriza” todo lo que fue presentado y analizado a nivel de conceptos y teorías.

En el primer capítulo, titulado “A modo de introducción y sobre la identidad como necesidad”, se ponen sobre el tapete las coordenadas básicas a partir de las cuales se construirá el sentido de toda la discusión posterior, y se enuncian los objetivos y demandas que se pretenden cubrir con el texto. Para empezar, se reconoce la existencia de una distancia entre las reflexiones de las ciencias sociales y lo que se discute en los espacios populares, y la necesidad de tender un puente en el abismo entre ambos discursos.

Posteriormente, se precisa que las identidades se basan en el mecanismo cognitivo de categorización, el cual permite agrupar bajo un mismo nombre distintos objetos que comparten ciertas características, a fin de facilitar la comprensión del mundo. También se identifica una serie de condicionantes sociohistóricas que hacen que hoy en día las personas se preocupen por la identidad. Dichas condicionantes tienen que ver con la aceleración de los cambios culturales, con la movilidad de las personas, con la creciente influencia de los medios de comunicación; pero, además, con las enormes desigualdades que se perpetúan, con la falta de participación de las mayorías, con la colonización que ha encontrado formas más sutiles de manifestarse; y con la emergencia, ante este panorama, de formas alternativas de organización y nuevas prácticas emancipatorias de grupos en desventaja.

Particularizando en el contexto cubano, la autora sitúa en el escenario cambiante de los noventa, el espacio social desde el cual darle sentido práctico a la lectura de este libro. Para ella, las transformaciones de estos años nos han traído una oportunidad para repensar la identidad nacional, el surgimiento de nuevas identidades, la identidad de nuestros productos que son colocados en el mercado y otros procesos similares.

Finalmente, haciendo una especie de declaración de principios y estableciendo un lugar epistemológico, la psicóloga se extiende en argumentar la necesidad existencial de la identidad, como sentimiento de continuidad subjetiva y coherencia interna que es inherente y funcional a lo humano. Plantea una interesante polémica entre las posiciones esencialistas, que ven la identidad como algo heredado e inmutable, y las posturas postmodernas, que relativizan y hasta niegan la continuidad de lo identitario; y a partir de dicho debate, asume el reto de encontrar un punto de vista dialéctico, complejo y bien fundamentado que permita superar visiones parcializadas, prejuiciadas y reduccionistas en el análisis cultural. Este reto acompañará el desarrollo del libro todo el tiempo en lo adelante.

El segundo capítulo lleva por título “El concepto más general de identidad”. Como una especie de rastreo por el significado original del término, comienza enumerando una serie de definiciones de diccionario, para después delimitar el contexto semántico en el que se tratará en el libro lo identitario: las disciplinas relacionadas con la cultura y la subjetividad.

En un intento de esclarecer y sintetizar aquello de lo que se está hablando, se proponen algunos elementos básicos que definen qué se va a entender por identidad: igualdad relativa de una cosa consigo misma, diferencia _también relativa_ con las demás cosas, y continuidad relativa en el tiempo. Se destaca que en ese concepto caben de igual manera las identidades de instituciones, lugares, productos artísticos, grupos sociales, estilos, etc.; y se hace hincapié en que todas ellas son construcciones socioculturales que se basan en el carácter activo de los sujetos al establecer, identificar y seleccionar los rasgos identitarios.

El capítulo III ya se refiere a “Las identidades humanas. El concepto psicológico de identidad”. También comienza citando varias definiciones de identidad, esta vez procedentes de textos vinculados a la psicología, y atribuye al psicoanalista Erick Erikson la imposición del término en las ciencias sociales. Para destacar las especificidades de este tipo de conceptos psicológicos, la autora enfatiza en la noción de reflexividad, como capacidad de pensarse uno mismo que atraviesa los procesos identitarios de sujetos individuales y colectivos.

Demostrando una vez más su pensamiento integrador y opuesto a las dicotomías, aquí la autora plantea algunos puntos interesantes _aunque no los profundiza_ sobre la relación entre las identidades individuales y las identidades colectivas, las cuales usualmente han sido trabajadas en la psicología por escuelas y autores distintos. Señala que 1) no existe una identidad grupal si las personas que integran el grupo no incluyen esa pertenencia en su identidad personal; y 2) las identidades personales, en gran medida, están compuestas por las diferentes pertenencias de los sujetos.

Por último, se refiere a los procesos de memoria y narración, como fundamentales para la producción de identidades; y al papel de las relaciones interpersonales con “otros” que se convierten en cómplices de construcciones personales, transmisores de valores y costumbres, interlocutores en los procesos de asimilación activa de la herencia histórica y copartícipes de experiencias y empeños comunes en el presente.

El cuarto apartado aborda la “Formación y transformaciones de la identidad individual”, con el propósito de incursionar en los mecanismos del desarrollo psicológico en los cuales se sustentan estos fenómenos, que hasta el momento han sido representados con una visión un tanto estática.

Como encuadre más general para este empeño, la autora asume a la psicología soviética, articulada a partir de las ideas de L. S. Vygotski. Lo hace no solo porque fue esta la escuela en cuyos principios tuvo lugar su propia formación profesional, sino también porque es el enfoque que logró articular un pensamiento sobre el desarrollo de la subjetividad humana alrededor de las nociones de historia y cultura. Dentro de este cuerpo teórico, se rescatan las categorías actividad, mediación y desarrollo histórico, como conceptos relevantes para la comprensión de las identidades, que serán retomados una y otra vez en los capítulos posteriores y puestos a dialogar exitosamente con otras categorías procedentes de la psicología social europea, de la antropología, de la sociología y de la Historia.

Una de las ideas más notables que se manejan al respecto es que “en la actividad se produce el proceso de interiorización y apropiación de los rasgos, significaciones y representaciones que serán incorporados al yo, tanto en lo que este tendrá de individual, como en lo que se refiere a su pertenencia a grupos”. Esta noción de actividad reviste un carácter concreto y específico, que permite situar a los procesos psicológicos, específicamente los identitarios, en el contexto social y práctico en que ocurren, en cada momento de su historia.

A continuación se presenta un recorrido muy general por distintas etapas del desarrollo psicológico. Se plantea que la identidad comienza antes del propio nacimiento; que en la niñez la conciencia de ser una persona única y la de pertenecer a determinados grupos, avanzan simultáneamente y son muy parecidas en cuanto al modo en que se producen, se reproducen y cambian; que las identidades se reciben activamente desde las edades tempranas; que los otros siempre están mediando los procesos de inclusión y exclusión en que se sustentan las identidades; que en la adolescencia se experimentan conflictos entre las exigencias sociales y los permisos reales que se adquieren, siendo frecuente la tendencia a construir “sobreidentificaciones”; y que es aconsejable para los padres, brindar a los adolescentes oportunidades para ampliar sus horizontes y acompañarlos a través de las experiencias y los riesgos de la vida.

El capítulo V, llamado “Aproximaciones al estudio de las identidades colectivas”, es el más extenso del libro y también el más acabado desde el punto de vista académico. En él se identifican cuatro enfoques diferentes, y se hace un recorrido por cada uno de ellos, para después proponer un esquema integrador donde se enfatiza la forma en que se relacionan. También, más que en los acápites anteriores, se mencionan ejemplos de procesos cubanos y se presentan resultados de investigación.

El primero de los cuatro enfoques es denominado “enfoque objetivo”. Se le considera el más popular y antiguo; así como el más relacionado con la política, las artes y otros ámbitos diferentes de las ciencias sociales. Incluye todos aquellos acercamientos a lo identitario que se centran en la descripción de rasgos y características presentes en los grupos sociales _sobre todo los nacionales. En el libro se caracteriza este enfoque y se citan distintos ejemplos de ensayos y estudios concretos producidos en Cuba y otros países a lo largo de la historia.

El segundo se etiqueta como “enfoque perceptivo”, y se define como aquel en que se estudia la producción de autoimágenes y heteroimágenes sobre los grupos. Aquí la autora se refiere extensamente a diversas investigaciones basadas en cuestionarios y encuestas, donde se registra cómo determinados grupos se perciben a sí mismos y perciben a otros grupos. Muchas de estas investigaciones fueron asesoradas por la propia autora, y otras fueron hechas por investigadores de diferentes países de América Latina. Se exponen y se interpretan los resultados obtenidos, y se critica que algunos de estos estudios se limitan a exponer y enumerar elementos sin profundizar en sus procesos constitutivos.

El tercer enfoque se denomina “de autocategorización y pertenencia”, y se le reconoce su autoría a Tajfel y Turner, representantes de la escuela europea de psicología social. En el epígrafe dedicado a este enfoque se explica la índole sociopsicológica de la identidad social y se analizan los mecanismos que sustentan el desarrollo de sentimientos de pertenencia a un grupo por parte de los individuos. Se trabaja también el concepto de minoría, basado en la condición de desventajas sociales compartidas, y sus implicaciones. Se reflexiona acerca de la intergrupalidad, los comportamientos multitudinarios, y la necesidad de tener en cuenta las peculiaridades de cada tipo de pertenencias. Por último se hace referencia a dos investigaciones que estudiaron grupos cubanos siguiendo este enfoque.

Como cuarto paradigma, se hace referencia al “análisis del discurso”, considerándolo una aproximación teórica, epistemológica y metodológica. Se destaca la recuperación del lenguaje como elemento clave en la construcción de la realidad social; y se le atribuye a este enfoque una visión construccionista, no esencialista de la identidad. Se introduce el concepto de actos de identificación, como acciones comunicativas, situadas en un contexto histórico y cultural, que emergen frente a un “otro”.

Al integrar los cuatro enfoques, se asume que todos aportan diferentes aristas de las identidades: 1) rasgos, significaciones y representaciones que se comparten; 2) percepciones sobre estos rasgos; 3) nociones, sentimientos y comportamientos de pertenencia; y 4) contextos discursivos culturalmente formados.

En el sexto capítulo, titulado “Conformación y transformaciones de las identidades colectivas”, se logra un nivel impresionante de integración entre todos los contenidos trabajados hasta el momento, al explicar cómo se dan los procesos de formación de nuevas identidades y los mecanismos psicológicos en los que se apoyan.

A modo de síntesis, se ofrecen varios indicadores con un fuerte valor heurístico, que permiten identificar cuándo, en un grupo humano, se ha formado una identidad social o colectiva: 1) la conciencia de que ese sujeto colectivo sea él mismo y no otro; 2) la existencia de rasgos, significaciones, representaciones y prácticas culturales compartidos; 3) la existencia de una categoría para denominar e identificar su particularidad; 4) los sentimientos de pertenencia e identificación con esos rasgos y con el grupo (posibilidad de pensarse como un “nosotros”); 5) la conservación de cierta continuidad en el cambio; 6) la satisfacción de necesidades, construcción de sentidos de vida y desarrollo de autoestima en los miembros del grupo, a través de su pertenencia al mismo.

Se destaca que, aunque estos elementos ofrezcan una guía general para estudiar la formación de identidades colectivas, estas últimas no pueden explicarse todas exactamente de la misma manera. Hay que atender las peculiaridades de cada grupo, y para ello propone seguir operando con una perspectiva histórico-cultural y con el concepto de actividad.

Enfatizando en el proceso y no solo en el producto, se presentan también algunos elementos “conformadores de identidad”: la influencia de características estructurales; las experiencias históricas que favorecen la formación de un imaginario común; la herencia cultural transmitida por generaciones anteriores; la gestación de propósitos colectivos; la acción consciente, voluntaria y reflexiva; el papel del lenguaje; los mecanismos de cohesión grupal; la fabricación de nuevos espacios de pertenencia desde arriba; la categorización o etiquetamiento externos; las estrategias para la construcción y el mantenimiento de límites; la acción de redes sumergidas que poco a poco van desafiando los códigos dominantes; y la presencia de “otros” significativos que ayudan a marcar la diferencia.

Como corolario se apunta que toda nueva aparición de una identidad ha sido producto de alguna mezcla de ingredientes culturales precedentes; y se introduce la noción de “otro endótico”, que es aquel sujeto miembro del propio grupo, al cual no se le reconoce su pertenencia y se le excluye.

Para ejemplificar estos mecanismos que fueron sintetizados, la autora, en colaboración con Pedro Pablo Rodríguez, realiza un recorrido muy general por diferentes etapas históricas en el proceso de formación de la identidad nacional cubana, destacando factores cruciales que nos han convertido en lo que somos; como la condición insular del país, la producción azucarera, las relaciones económicas y políticas con España y Estados Unidos, los conflictos clasistas y raciales, las guerras por la independencia, las luchas revolucionarias, y la construcción del Estado socialista, entre otros. Comienza ilustrando el panorama del siglo XVI, cuando en la Isla convivían diferentes grupos étnico-nacionales, sin que ninguno se considerase cubano; y termina bosquejando el panorama actual del siglo XXI, en que nuevas generaciones continúan enriqueciendo esa identidad, que no por estar ya consolidada, deja de ser viva y dinámica.

El capítulo que cierra el libro, lo hace posicionándose con sólidos argumentos en un tema que atraviesa las discusiones más actuales sobre los proceso identitarios. Se titula: “Un poco más sobre globalización e identidad”; y es importante destacar que en él la autora no repite los lugares comunes del discurso postmoderno, sino que analiza, con el mismo enfoque que ha venido desarrollando en todo el libro, las peculiaridades del mundo globalizado y sus impactos para las identidades.

Comienza aclarando que la globalización es un fenómeno esencialmente técnico-económico, propio del capitalismo transnacional, que se apoya en el desarrollo de novedosas tecnologías informáticas, para producir un incremento brutal de los estímulos sociales y crear un mundo de realidades que se tornan significativas por la acción de los medios. Seguidamente, alerta acerca de las nuevas formas de desigualdad social y de dominación ligadas a lo identitario, que traen consigo tales procesos: el surgimiento de comunidades internacionales de consumidores que dan sentido de pertenencia tiende a diluir las lealtades nacionales; la legitimación de diferencias étnicas, religiosas y culturales justifica las desigualdades; el “acceso” relativo a una multiplicidad de opciones que se conocen y no se pueden hacer, tener o utilizar en beneficio propio, refuerza la minusvalía de muchos; la adquisición de etiquetas elaboradas por otros simplifica la autoimagen; entre otros ejemplos.

Pero la globalización también ofrece potencialidades para el desarrollo de acciones emancipatorias, a las cuales Carolina se refiere, dando un cierre optimista y esperanzador a su libro: es posible desarrollar pensamientos que refuercen identidades más abarcadoras, como las que tienen que ver con la condición humana, con la protección de nuestro planeta, o con el respeto por la riqueza de las diversas civilizaciones y culturas. Por muy fragmentados que vivan los individuos en la actualidad, sentencia la autora al final del libro, nadie puede vivir en sociedad sin sentimientos de pertenencia y sin identidad.

Algunos “puntos de fuga”

A lo largo de este recorrido por las distintas aristas de los procesos identitarios, se percibe que no todos los temas han alcanzado en el libro el mismo nivel de profundización. Algunos puntos se presentan como verdaderos paradigmas teórico-metodológicos, donde es posible distinguir conceptualizaciones, operacionalizaciones, indicadores empíricos y revisiones de estudios realizados. Pero otros apenas esbozan intuiciones epistemológicas y adelantan concepciones generales sobre ciertos fenómenos que valdría la pena retomar y desarrollar con mayor detenimiento.

Tal es el caso, por ejemplo, de la relación entre lo grupal y lo individual a nivel identitario. Las breves reflexiones que hace la autora sobre esta cuestión en el capítulo III sugieren puntos de partida muy valiosos para explorar, tanto los procesos mediante los cuales se organizan las diferentes pertenencias para formar parte del autoconcepto[1], como los mecanismos de interinfluencia que conducen a la identificación de los miembros de un grupo como un sujeto colectivo[2].

Algo similar sucede cuando se abordan las transformaciones de la identidad individual en el capítulo IV. Esta parte del libro puede valorarse como un ejercicio de teorización muy osado, si tenemos en cuenta que los procesos identitarios no fueron un tema privilegiado en el universo conceptual de los psicólogos vygotskianos[3]. Aquí la autora está rescatando el principio epistemológico básico y general de esta escuela, que es la constitución histórico-cultural de la subjetividad individual, para aplicarlo a un campo donde la hegemonía teórica y metodológica la tienen otras escuelas psicológicas y otras disciplinas del pensamiento social. Tal vez por eso el capítulo no logra ir más allá de descripciones generales de procesos, ni llega a periodizar, según el enfoque histórico-cultural, las dinámicas identitarias en su relación con las formaciones psicológicas específicas que van apareciendo en distintas etapas del desarrollo.

Esta me parece una de las puertas más atractivas que quedan abiertas para dar continuidad a los aportes que hace Carolina de la Torre al “mirar las identidades desde la psicología”. En la actualidad, existe toda una línea de investigación en identidades y desarrollo psicológico _enfocada sobre todo a la etapa de la adolescencia- a partir de los modelos de Erikson y Marcia, que definen fases, estatus y estilos en la formación de la identidad del yo (Kumru y Thompson, 2003; Schachter, 2005; Kroger, 2000; Schwartz, 2008; Schwartz et Al., 2009; Perosa et Al., 2002; Berzonsky et Al., 2003; Berzonsky et Al., 2007). Si bien estos esquemas se han venido complejizando en los últimos años -al incluir variables contextuales, étnicas, de género, etc.-, como tendencia continúan teniendo un corte bastante positivista, que dificulta su inserción en las discusiones producidas desde estudios culturales antropológicos y sociológicos. Estos últimos, por su parte, reconocen la escasez _y la necesidad- de explicaciones complejas, sistémicas y flexibles que den cuenta de cómo se insertan los procesos identitarios en el conjunto de transformaciones biológicas, cognitivas y motivacionales que experimenta la personalidad a lo largo del ciclo de vida[4]. Pienso, al igual que Carolina, que desde el enfoque histórico-cultural se podría cubrir esta demanda; pero considero que, además de las categorías ya mencionadas en el libro, habría que aprovechar las potencialidades de otras que también son muy dialécticas e integradoras, como vivencia y situación social del desarrollo[5].

En el capítulo V, uno de los puntos más flojos es, a mi modo de ver, la distinción entre enfoques objetivos y subjetivos que establece la autora para aproximarse a las identidades colectivas; distinción esta con la que ni ella misma parece haber quedado completamente conforme. No se percibe en los llamados enfoques “objetivos” ningún elemento que los diferencie de los perceptivos, salvo sus propias pretensiones de objetividad. La propia autora reconoce que cualquier descripción de rasgos y particularidades de un grupo humano termina siendo un reporte de cómo ese grupo es percibido por un observador _externo o interno; por lo tanto, la supuesta objetividad siempre cobra sentido dentro de los límites de una representación. Sin embargo, el interés que revisten los rasgos compartidos por un grupo, en tanto hecho psicológico y cultural, no se agota al focalizarlos como objeto representable: es importante tener en cuenta también el carácter intencional de la producción y exhibición de esos rasgos por parte del propio grupo, así como las condiciones históricas que influyen en su aparición. Esta tendencia a abordar los rasgos identitarios no solo desde las percepciones, sino también desde sus procesos prácticos y materiales de constitución, es, a mi juicio, lo que la autora identifica como enfoque objetivo; sin embargo, la dicotomía objetividad-subjetividad dista mucho de ser simple o fácil de resolver teóricamente. Esta cuestión referida a la producción de rasgos está en el centro de muchos estudios culturales contemporáneos[6], y queda también a la espera de futuros aportes e interpretaciones.

Otro aspecto que también amerita ser trabajado en mayor profundidad, es la diferencia entre pertenencia y categorización. Los dos procesos se presentan como los pilares del tercer enfoque; sin embargo, no se esclarecen las peculiaridades y los límites de cada uno por separado, llegando en ocasiones a confundirse o a manejarse como sinónimos. De hecho, mi impresión es que las especificidades del mecanismo cognitivo de categorización, al cual se le concedió una centralidad en el primer capítulo, pierden ahora la oportunidad de ser retomadas y profundizadas; y se relega su tratamiento, dándole un mayor protagonismo a los sentimientos de pertenencia que experimentan las personas hacia los grupos en los cuales se incluyen.

Es importante señalar que las provocaciones del libro no se agotan en lo teórico[7]. Quien lo lee adquiere una perspectiva dinámica y multidimensional para estudiar la identidad, comprendiendo que esta es, al mismo tiempo:

- Una necesidad existencial

- Una formación psicológica en desarrollo

- Un espacio subjetivo de relación entre lo individual y lo colectivo

- Una construcción sociocultural e histórica

- Un terreno de confrontación y posicionamiento políticos

A partir de estos postulados, el libro motiva a derivar implicaciones metodológicas que permitan el acercamiento a nuevos problemas de investigación, o modelos de trabajo que sean aplicables a situaciones concretas. Me parece importante insistir en que este no es un libro para leer superficialmente algunos capítulos y extraer párrafos aleatorios que engrosen la parte teórica de una tesis o informe de investigación, sin que después esos principios teóricos se reflejen en los objetivos, el diseño metodológico y las interpretaciones de los datos obtenidos. ¿De qué nos sirve decir que según Carolina de la Torre y los autores que ella cita, las identidades son sociales, relativas, flexibles, dinámicas, continuas, existencialmente significativas e históricamente construidas; si después no vamos a ser capaces de generar variables y categorías analíticas, que nos permitan captar datos empíricos que demuestren el carácter social, la relatividad, la flexibilidad, el dinamismo, la continuidad, las significaciones y la historicidad de los procesos que estamos estudiando?

Muchas son las preguntas que hoy podríamos hacernos sobre las identidades, a las cuales dar respuesta utilizando las herramientas conceptuales que este libro ofrece. En particular, la relación de diferentes identidades colectivas en Cuba (identidades de género, juveniles, religiosas, profesionales, raciales, de diásporas) con la identidad nacional, es un gran tema, cuya urgencia requiere no solo que se produzcan investigaciones; sino también que se discutan y se sistematicen. Esa sería una buena manera de dar continuidad al trabajo y a los anhelos de Carolina de la Torre y su equipo que aparecen plasmados en este ensayo.

Ideas para concluir

A la hora de ofrecer una valoración sintética y general sobre el libro, hay que reconocer una característica que destaca desde que comienza su lectura: la organicidad. Es un texto que apuesta por la coherencia entre forma y contenido, y entre episteme y estructura. En sus páginas Carola hace real la evocada confluencia entre los discursos literario, académico y coloquial; siendo fiel a su propia demanda de acercar la producción de conocimiento en ciencias sociales a la cotidianidad de los sujetos. Está escrito con rigor científico y con poesía; sabe lo que quiere decir, y consigue decirlo.

Resulta muy destacable la forma en que reflexiona, a veces de soslayo y otras con mayor detenimiento, sobre cuestiones centrales de la psicología y las ciencias sociales en general, derrumbando muchos de los mitos que producen separaciones entre las diferentes escuelas y disciplinas, y presentan como posturas irreconciliables a constructos que en realidad comparten los mismos presupuestos y esencias. En este sentido, el ensayo nos aporta un posicionamiento desde la transdisciplinariedad; no como un simple enunciado formal y abstracto, sino como el producto de elaboraciones propias, redactadas en un lenguaje diáfano y preciso; lógicamente hilvanadas, a partir de consultas y referencias a autores de las más diversas épocas, contextos y epistemes. Logra un nivel de dominio de los clásicos y al mismo tiempo de actualización y contemporaneidad, que no es frecuente encontrar en las publicaciones científicas más recientes del campo cultural en Cuba.

Todos los que hemos encontrado inspiración para nuestro trabajo en su lectura, tendremos que reconocer que la publicación de este ensayo marca un antes y un después, no solo en el estudio de las identidades; sino también en la inserción orgánica de la psicología en el diálogo interdisciplinar de las ciencias sociales, cuya falta aún se hace sentir con frecuencia en los estudios de la cultura cubana. Y aunque esas sean sus coordenadas fundantes, me gustaría subrayar, a modo de conclusión, que los aportes de este libro van más allá de la psicología, más allá de las identidades y más allá de Cuba: su aporte fundamental es la propuesta y el ejemplo de una postura ante la investigación, de un estilo de pensamiento; de un modo de ser y estar en el universo académico de las ciencias sociales.

Bibliografía:

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[1] Algunas aproximaciones teóricas recientes a esta cuestión pueden encontrarse en los textos de Philips (2002) y Amiot et Al. (2007).

[2] En este aspecto, los análisis de redes sociales y las investigaciones sobre grupos basadas en métodos sociométricos podrían resultar muy útiles. Ver como ejemplo De Federico de la Rua (2007).

[3] El enfoque histórico cultural ha tenido mucho más impacto en el campo de la psicología educativa y del desarrollo, la psicología cognitiva y la psicología especial.

[4] Un ejemplo de esto se puede encontrar en el siguiente fragmento de un texto escrito por Rossana Reguillo, autora destacada en los estudios sobre identidades juveniles: “El balance realizado, si bien señala una tendencia creciente a los acercamientos interdisciplinarios, revela, de otro lado, una escasa problematización del sujeto juvenil desde las dimensiones psicosociales que no se reduzcan al establecimiento a priori de una serie de etapas y actitudes que caracterizan el periodo de la juventud. El problema es mucho más complejo y exigiría un trabajo más fino en los intefaces entre individuo, grupo y contexto sociocultural. En tal sentido, la perspectiva psicoanálitica ha sido una veta poco explorada (…)” (Reguillo, 2003: 116).

[5] Vygotski define la situación social del desarrollo (SSD) como la relación peculiar, específica, única e irrepetible que se establece al inicio de cada período de edad entre el niño y el entorno que le rodea: “Vemos que debido al desarrollo, las nuevas formaciones que surgen al final de una edad cambian toda la estructura de la conciencia infantil, modificando así todo el sistema de su relación con la realidad externa y consigo mismo. El niño, al término de una edad dada, se convierte en un ser totalmente distinto del que era a principio de la misma. (…) La anterior SSD se desintegra a medida que el niño se desarrolla, y se configura, en rasgos generales y proporcionalmente a su desarrollo, la nueva SSD que pasa a convertirse en punto de partida para la edad siguiente” (Vygotski, 1993: 266). Para él, la unidad de análisis de la SSD es la vivencia: “Podemos señalar así mismo la unidad para el estudio de la personalidad y el medio. En psicología (…) esa unidad se llama vivencia. La vivencia del niño es aquella simple unidad sobre la cual es difícil decir que representa la influencia del medio sobre el niño o una peculiaridad del propio niño. La vivencia constituye la unidad de la personalidad y el entorno tal y como figura en el desarrollo. Por tanto, en el desarrollo la unidad de los elementos personales y ambientales se realiza en una serie de vivencias del niño” (Vygotski, 2003: 67). Algunas consideraciones en torno a los posibles usos de las categorías SSD y vivencia en la investigación cultural pueden encontrarse en Gutiérrez (2006).

[6] Ver, por ejemplo, Willis (1974); Pilkington y Johnson (2003); Muggleton (2005); Brotherton (2008).

[7] Puede ser que otros lectores encuentren desafíos conceptuales en algunas cuestiones más relacionadas con análisis históricos o sociológicos que aparecen en el libro. En este caso me limité a señalar los que consideré más cercanos a la psicología.

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