África: Conflictos, oportunidades y desafíos de refundación

| Samir Amin

2010 (Ruth Cuadernos de Pensamiento Crítico No. 6) Coedición con Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, Cuba 978-9962-645-54-2

El Sur ante la crisis: África en la globalización en crisis (1)

Por Samir Amin (2)

El conflicto Norte-Sur

El capitalismo global en crisis no cuestiona la contradicción centro/periferia, por el contrario, agudiza el conflicto.

El capitalismo contemporáneo ha alcanzado el estadio extremo de concentración de capital: de tres a cinco mil grupos, casi todos situados en los países de la tríada -Estados Unidos, Europa y Japón-, controlan, por primera vez en la historia, el conjunto de los sistemas de producción, distribución y consumo en las naciones del centro y, por extensión, a nivel mundial. Esos monopolios generalizados centralizan, para sus propios beneficios, una renta imperialista reforzada que proviene de múltiples fuentes, visibles -los bajos salarios en las industrias exportadoras de las periferias- o encubiertas tras el control del mercado financiero globalizado, la protección excesiva de las patentes industriales, el acceso casi exclusivo a los recursos naturales de todo el planeta, y finalmente la movilización de los potentes medios políticos de que disponen las potencias occidentales, sustentados por su cuasi monopolio de las armas de destrucción masiva. Es por esto que la contradicción centro-periferia, lejos de atenuarse con la profundización de la globalización, se ha acrecentado.

Sin embargo, aparentemente, los llamados países emergentes -China, India, Brasil y otros- sacaron provecho de la globalización en la última década del pasado siglo y en la primera del presente, lo cual les permitió acelerar sus ritmos de crecimiento. Son estas apariencias las que permiten decir -a la ligera- que el conflicto centro-periferia está, para ellos, en vía de extinción (“están recuperando el tiempo perdido” en, y gracias a, la globalización capitalista).

La cuestión radica en saber cómo ha sucedido y si continuar con esta evolución resultaría sostenible. El capitalismo entró en una profunda crisis estructural a partir de los años setenta: las tasas de crecimiento de los países de la tríada cayeron a la mitad de lo que habían sido durante los “treinta gloriosos” (1945-1975) y jamás han recobrado estos niveles. El capital ha respondido a esta crisis mediante la centralización y la “financiarización”, ambas indisociables: la fuga de finanzas ha sido el único medio encontrado por los oligopolios como salida para sus excedentes en constante crecimiento. La globalización neoliberal se convirtió en la máxima expresión del capitalismo. El éxito de esta respuesta creó las condiciones para un florecimiento importante de 1990 a 2008 (que he llamado la “época dorada”). En esos años se sitúan las estrategias de aceleración del crecimiento de los países emergentes, que consistieron en la prioridad otorgada a sus exportaciones, lo cual garantizó su éxito inmediato.

El mantenimiento de esta opción capitalista globalizada no es sostenible por numerosas razones. La principal es que esta vía no permitirá absorber la gigantesca masa de campesinos -que aún constituye aproximadamente la mitad de la humanidad, localizada casi en su totalidad en tres continentes: Asia, África y América Latina- con un desarrollo de las industrias y de los servicios modernos. La solución histórica del capitalismo, basada en la propiedad privada del suelo agrario y su reducción al estatus de mercancía, solo fue posible para Europa gracias a la emigración masiva que la conquista de las Américas permitió (los “Europeos” representaban el 18 % de la población del planeta en el año 1500, en el 1900 los nativos europeos y los emigrados hacia Europa representaban el 36 %). Los pueblos de Asia y de África, privados de una posibilidad similar, no pueden tomar la misma vía de desarrollo. Es decir, si el capitalismo histórico pudo solucionar la cuestión agraria para Europa, sigue siendo incapaz de hacerlo para el resto del mundo.

Los países del Sur que persistan en esta vía, y acepten “ajustarse” diariamente a condiciones que se volverán cada vez más severas con la profundización de la crisis, se encontrarán con que no con habrán construido un “capitalismo nacional” capaz de tratar de igual a igual con el imperialismo colectivo de la tríada, sino en la situación de países devastados por un capitalismo lumpen, y por tanto continuarán siendo vulnerables y dominados. Las potencias imperialistas solo ven en estos países “mercados emergentes” cuyo “desarrollo” necesariamente se inscribirá en esta lamentable perspectiva. Pero los países en cuestión se ven a sí mismos como “naciones emergentes”. La diferencia es considerable.

Las naciones del Sur deben, por tanto, abandonar las ilusiones relativas a un “desarrollo acelerado en, y gracias a, la globalización”. Las dificultades crecientes del ajuste fomentan ya las luchas de las víctimas: los campesinos por la tierra, los obreros por mejores salarios, los pueblos por la conquista de sus derechos democráticos. Para responder al desafío, los gobiernos deberán reajustar su estrategia de desarrollo en el mercado interno (lo que China comenzó a hacer a partir de 2002). Esta nueva vía de desarrollo autocentrado, que es inevitable, continuará siendo difícil. Debe asociar medios complementarios, pero también conflictivos: recurrir al “mercado” -el cual es siempre, en el mundo moderno, un “mercado capitalista”- y a la planificación social -tan poco burocrática como le sea posible, permitiendo tanto como se pueda la intervención activa de las clases populares-.

El conflicto entre el imperialismo colectivo de la tríada y las naciones del Sur está llamado a intensificarse en torno a cuestiones relativas al acceso a los recursos del planeta, a las tecnologías y al mercado financiero globalizado. El imperialismo sabe que los monopolios que garantizan sus ingresos son frágiles y que los países del Sur pueden aniquilar su poder, y por eso su única respuesta consiste en el despliegue del proyecto de control militar a escala planetaria por las fuerzas armadas de los Estados Unidos y de sus aliados subalternos de la [Organización del Tratado del Atlántico Norte] OTAN.

¿El conflicto centro-periferia logrará movilizar a los países del Sur? Fue eso lo que sucedió en la época de Bandung, a pesar de las diferencias gigantescas entre los países del Sur de la época, no menos marcadas que hoy. Pero esta posibilidad es incierta. Los países emergentes -la verdadera periferia del capitalismo contemporáneo- podrían alimentar la ilusión de que pueden, al igual que los países imperialistas, aunque en competencia aguda con ellos, beneficiarse del saqueo de los recursos de las periferias devastadas (una realidad que se ha repetido en la historia), las cuales están particularmente impotentes.

¿Qué será del mundo “después de la crisis”? Imposible decirlo. No olvidemos que la primera gran crisis, iniciada en los años setenta del siglo XIX, a la cual el capital de la época había respondido también con la monopolización, la globalización (colonial) y la financiarización, desembocó, después del corto florecimiento de la primera “época dorada” (1894-1914), entre 1914 y 1945 en: la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la crisis de 1929, el nazismo, la Segunda Guerra Mundial y la Revolución China. Son estos “acontecimientos” -que difícilmente se podrían calificar de menores- los que configuraron el mundo “pos crisis”, es decir, la combinación, durante los treinta años gloriosos, de la socialdemocracia en Occidente, de los socialismos reales de los países de la Europa del Este y de los nacionalismos populares de la era Bandung (1955-1980) en el Sur. La segunda crisis requerirá de transformaciones de amplitud similar (aunque “diferentes”). El conflicto centro-periferia y el conflicto capitalismo-perspectivas, de por sí indisociables, requieren ir aún más lejos.

África, una región particularmente vulnerable ante la globalización en crisis

África fue sumergida en la oscura noche de la colonización, forma brutal de globalización impuesta por el capitalismo monopolista en respuesta a su primera gran crisis, a finales del siglo XIX, y que vino a sustituir a la trata negrera, causa principal de su regresión histórica. Los movimientos de liberación nacional, que finalmente lograron la independencia de los Estados del continente, concibieron entonces un gran proyecto de renacimiento africano: un proyecto tan ambicioso como se necesitaba, asociando un desarrollo acelerado -agrícola e industrial a la vez- a la generalización de la educación y a las construcciones de integraciones regionales que se inscribían en una perspectiva panafricana.

Las coaliciones históricas construidas por los movimientos de liberación nacional imponían esta perspectiva para estar a la altura del desafío. Y la intelectualidad radical, en la conceptualización y aplicación de este proyecto, supo responder a las exigencias del desafío, pensar con audacia y autenticidad. De esta manera, durante las décadas de los sesenta y setenta, África progresó a pasos de gigante, hasta tal punto que la nueva imagen del continente hacía olvidar aquella de desolación heredada de la colonización.

Pero estos logros se fueron perdiendo de forma gradual bajo el efecto combinado de contradicciones internas, cuya aparición se desarrollaba, y de la hostilidad del imperialismo. Al campesinado progresivamente se le marginó de las coaliciones históricas de poder, en provecho de las clases dirigentes -y en ocasiones de la nueva clase media- que aspiraban a erigirse amos absolutos del poder local; y, por tanto, a las formas en decadencia del Estado se le destinó a ejercer las funciones de un Estado comprador.

El origen de estas dificultades está en dos limitaciones fundamentales de los primeros resultados de África independiente. La primera está relacionada con los escasos resultados en el ámbito de la necesaria industrialización, a causa de las ilusiones de que el capital extranjero fuese capaz de ayudar a resolver la cuestión del financiamiento. La segunda se refiere al estancamiento cultural de las naciones africanas, al quedar prisioneras del uso exclusivo de las lenguas de la colonización.

Estos fracasos favorecieron las condiciones que le permitieron al imperialismo reanudar la ofensiva de la recolonización de África durante los años ochenta y noventa, por medio de los Programas de Ajuste Estructural, de la privatización, de la destrucción de los Estados, de su sumisión a los dictados de los “clubes de donantes de ayuda”, acompañado de discursos insípidos de moda referentes a la “pobreza”, la “buena administración” y la “sociedad civil”.

El drama es que los intelectuales africanos, en su conjunto, se dejaron engañar por estos discursos, los cuales presentaban al gran proyecto de renacimiento africano como un desatino “grandilocuente, nacionalista e irrealista”. Por supuesto, olvidan decir que los países devenidos “emergentes” son precisamente aquellos que avanzaron en la industrialización a pasos redoblados.

África está llamada en la actualidad a no tener más ambición que su ajuste diario a las exigencias de la continua expansión del capitalismo de los oligopolios, una vía que, como hemos dicho, solo puede conducir al desastre absoluto. Desde esta perspectiva, África no existe más que por los recursos naturales que ofrece al pillaje: los recursos de sus subsuelos -hidrocarburos, diamantes, y más importante aún, minerales raros- y las tierras que ofrece para la expansión de los agronegocios relacionados con nuevas producciones para la exportación (como los agrocombustibles, entre otros).

La economía política de África en el sistema global

I. Es usual que se diga que África está “marginalizada”. La frase sugiere que el continente -o al menos la mayor parte al sur del Sahara, exceptuando, quizás, a Sudáfrica- está “fuera” del sistema global, o en el mejor de los casos integrado solo superficialmente. También se sugiere que la pobreza en los pueblos africanos es resultado de que sus economías no están integradas lo suficiente en el sistema global. Deseo desafiar estas opiniones.

Consideremos primero algunos hechos que apenas son mencionados por los defensores de la actual globalización. En 1990 el porcentaje del comercio extra-regional en el [Producto Interno Bruto] PIB para África fue del 45,6 %, mientras que solo fue 12,8 % para Europa; 13,2 % para América del Norte; 23,7 % para América Latina y 15,2 % para Asia. Estos porcentajes no fueron significativamente diferentes a lo largo del siglo XX. El promedio para el mundo fue de 14,9 % en 1928 y 16,1 % en 1990. (3)

¿Cómo podemos explicar esto de que África está, al parecer, aún más integrada en el sistema mundial que cualquier otra región desarrollada o en desarrollo? Por supuesto que los niveles de desarrollo, medidos por el PIB per cápita, están muy desigualmente distribuidos y, desde ese punto de vista, África es la región más pobre del sistema mundial moderno, su PIB per cápita representa solo el 21 % del promedio mundial y el 6 % del de los centros desarrollados. Por tanto, la elevada proporción del comercio extra-regional de África con respecto a su PIB podría reflejar el pequeño tamaño del denominador de su porcentaje. Al mismo tiempo, las exportaciones (así como las importaciones) de África representan solo una proporción muy pequeña del comercio mundial. Y esta es justo la razón por la cual se considera que África está siendo “marginada” en el sistema mundial, es decir, al tener poca importancia “el mundo podría fácilmente vivir sin África”. Este concepto, según el cual un país o una región es calificada como “marginada” si su peso cuantitativo en la economía global es pequeño, asume de forma implícita que la lógica de la expansión de la economía capitalista global persigue la maximización de la producción ( y, por tanto, también del comercio). Esta suposición es inadecuada por completo. De hecho, importa poco que, tanto en el pasado como en el presente, las exportaciones de África hayan representado solo una diminuta parte de comercio mundial. El capitalismo no es un sistema que tiene por objeto maximizar la producción y la productividad, sino uno que opta por los volúmenes y condiciones de producción que maximizan la tasa de ganancia del capital. Los países llamados marginados son, de hecho, los súper explotados de maneras brutales y, por tanto, países pobres, no países situados “en las márgenes” del sistema.

El análisis necesita, por tanto, ser completado en otros terrenos. La relativamente modesta proporción para las áreas desarrolladas -América del Norte (los Estados Unidos y Canadá) y Europa centro-occidental (la Unión Europea, Suiza y Noruega)- se asocia no solo a los más altos niveles de desarrollo, sino también con características cualitativas que deben ser enunciadas: todos los países desarrollados se han construido históricamente como economías autocentradas. Aquí introduzco que el concepto central es ignorado por la economía convencional. Autocentrado es sinónimo de “básicamente centrado hacia el interior”, no de “autárquico” (“cerrado”). Eso significa que el proceso de acumulación capitalista en esos países, que se han convertido en los centros del sistema mundial, ha sido siempre -y sostengo que continúa y continuará siéndolo en el futuro visible- al mismo tiempo encerrado en sí mismo y abierto, aunque en la mayoría de los casos abierto de manera agresiva (“imperialista”). Lo cual quiere decir que el sistema mundial tiene una estructura asimétrica: los centros están autoenfocados, autocentrados y, a la vez, integrados en el sistema global de una manera activa (conforman la estructura global); las periferias no son autoenfocadas (no autocentradas) y, por tanto, están integradas en el sistema global de una manera pasiva (se “ajustan” al sistema, sin jugar ningún rol significativo en su conformación). Esa visión del sistema mundial real difiere por completo de la ofrecida por el pensamiento convencional, la cual describe superficialmente el mundo como una “pirámide” construida por países con desigualdades en cuanto a riquezas, en un rango que va desde los más bajos niveles de PIB per cápita hasta los más altos.

Mi conclusión de esta clasificación es que todas las regiones del mundo (incluida África) están igualmente integradas en el sistema mundial, pero lo están de maneras diferentes. El concepto de marginación es vago y oculta la verdadera cuestión, que no radica “en qué medida las distintas regiones se integran”, sino “de qué manera están integradas”.

Además, las cifras indican que el grado de integración en el sistema mundial no ha cambiado a lo largo del siglo XX, como es sugerido por el discurso de moda dominante sobre la globalización. Hubo altibajos, pero la tendencia que refleja el progreso del grado de integración ha sido continua y lenta, ni siquiera acelerada a lo largo de las últimas décadas. Eso no excluye el hecho de que la globalización -la cual es una vieja historia- se ha desarrollado a través de fases sucesivas que deben ser identificadas como cualitativamente diferentes, centrándose en las características específicas de cada una de ellas, en relación con los cambios promovidos por la evolución de los centros del sistema, es decir, el capital global dominante.

II. Sobre la base de la metodología que sugiero aquí, ahora podremos analizar las diversas fases de la integración de África en el sistema global e identificar las vías específicas en que operaba la integración para cada una de estas fases.

África estuvo integrada en el sistema global desde el inicio de la construcción de ese sistema, en la fase mercantilista del capitalismo temprano (los siglos XVI, XVII y XVIII). La periferia más importante de esos tiempos era la América colonial, donde se estableció una economía exportadora, dominada por los intereses capitalistas de los comerciantes europeos del Atlántico. Esa economía exportadora, centrada en el azúcar y el algodón, se basaba en el trabajo esclavo. Por tanto, a través de la trata de esclavos, una gran parte del África al sur del Sahara fue integrada en el sistema global de esta destructiva forma. En gran medida el ulterior “subdesarrollo” del continente se debió a esa forma de “integración”, la cual condujo a una disminución de la población tan notable que es solo ahora que África ha recuperado la proporción de la población mundial que probablemente había alrededor del año 1500. Condujo también al desmantelamiento de las primeras organizaciones estatales, que fueron sustituidas por pequeños sistemas militares brutales y las permanentes guerras entre ellos.

En la misma América la forma mercantilista de integración en el sistema mundial destruyó el potencial de desarrollo en muchas regiones devastadas. Durante la fase del capitalismo temprano las más altas tasas de crecimiento fueron alcanzadas en áreas como el Caribe, el nordeste de Brasil y el sur de las colonias británicas de Norteamérica. Si un experto del Banco Mundial hubiera visitado esas zonas en aquella época, habría escrito sobre su “milagro” (íel valor de las exportaciones de azúcar de Santo Domingo, a la vez, era mayor que el total de las exportaciones de Inglaterra!) y concluiría que Nueva Inglaterra, la cual estaba construyendo una economía autocentrada, iba por el camino equivocado. íHoy día, Santo Domingo es Haití y Nueva Inglaterra se convirtió en los Estados Unidos!

La segunda ola de integración de África en el sistema mundial fue la del período colonial, aproximadamente desde 1880 hasta 1960. Una vez conquistada, era necesario “desarrollar” a África en cuestión. En esta coyuntura se presentaban los razonamientos del capitalismo global: ¿qué recursos naturales poseen las diversas regiones del continente ahora, y cuáles poseían en la historia previa de las sociedades africanas? Considero que, en este contexto, podemos comprender cada uno de los tres modelos de colonización operados en África: la economía de intercambio que incorpora al pequeño campesinado al mercado mundial de productos tropicales al someterlo a la autoridad de los mercados oligopólicos, haciendo posible la reducción al mínimo de las recompensas para el trabajo campesino y el desaprovechamiento de la tierra; la economía de las reservas del sur de África organizada alrededor de la minería, sustentada con mano de obra barata mediante la migración forzosa proveniente, precisamente, de las “reservas” inadecuadas para potenciar la perpetuación de la subsistencia rural tradicional; la economía de pillaje que las compañías concesionarias desarrollaron a través de los impuestos sin la contraparte de las ganancias de los productos de poco valor en otros sitios, donde ni las condiciones sociales locales permitieron el establecimiento del “comercio”, ni los recursos minerales justificaban la organización de reservas con el fin de proveer abundante fuerza de trabajo. La cuenca del Congo convencional pertenecía, en lo fundamental, a esta tercera categoría.

Los resultados de este modo de inserción en el capitalismo mundial demostraron ser catastróficos para los africanos. En primer lugar, retrasaron por una centuria el comienzo de cualquier revolución agrícola. Un excedente pudo ser extraído del trabajo de los campesinos y de las riquezas ofrecidas por la naturaleza sin inversiones de modernización (ni maquinarias ni fertilizantes), sin pagar realmente por el trabajo (reproduciéndolo en el contexto de la autosuficiencia tradicional) y sin siquiera garantizar el mantenimiento de las condiciones naturales de reproducción de las riquezas (pillaje de los suelos agrícolas y del bosque). Al mismo tiempo, este modelo de desarrollo de los recursos naturales, introducido en el marco de la desigual división internacional del trabajo de la época, impidió la formación de cualquier clase media local. Por el contrario, cada vez que esta última trataba de iniciar un proceso de formación, las autoridades coloniales se confabulaban para suprimirlo.

Como resultado, la mayoría de los llamados “países menos adelantados” están, como todos conocemos, localizados en África. Los países que hoy conforman este “cuarto mundo” han sido, en gran parte, destruidos por la intensidad de su integración en una fase temprana de expansión global del capitalismo. Es el caso de Bangladesh, Estado sucesor de Bangal que fuera la joya de la colonización británica en la India. Otros han sido -o aún son- periferias de las periferias, por ejemplo, Burkina Faso, que ha suministrado la mayoría de su fuerza laboral activa a Costa de Marfil. Si se toma en cuenta que los dos países constituyeron, de hecho, una región única del sistema capitalista de la época, los índices característicos del “milagro de la Costa marfileña” podrían haber sido divididos entre dos. La emigración empobrece las regiones que alimentan los flujos migratorios y que, por ende, soportan los costos de educar a los jóvenes que se pierden en el momento en que devienen potencialmente activos, así como los costos de mantener a los más viejos cuando regresan. Estos costos, mucho mayores que las “remesas” enviadas a las familias por los emigrantes activos, son casi olvidados en los cálculos de nuestros economistas. Solo existen unos pocos países que son “pobres” y no integrados o poco integrados en el sistema global, como lo eran hasta hace poco el norte de Yemen o Afganistán. Pero su integración, todavía en curso, como la de otros antaño, no produce más que la “modernización de la pobreza”: las villas pobres conformadas por los campesinos sin tierras. La debilidad de los movimientos de liberación nacional y de los Estados poscoloniales data de este comportamiento colonial. No es, por tanto, el producto de esta prístina África precolonial que desapareció en la tormenta, sino el de la ideología del capitalismo global que procura derivar su legitimidad de ello, manifestando con fuerza su usual discurso racista. El “criticismo” al África independiente, a su corrupta clase media política, a su falta de dirección económica, a la persistencia de las estructuras comunitarias rurales, olvida que estos hechos en el África contemporánea fueron forjados entre 1880 y 1960.

No sorprende entonces que el neocolonialismo haya perpetuado estos rasgos. La forma que asumió este fracaso está completamente definido por los límites de los famosos Convenios de Lomé que vinculaban al África subsahariana con la Europa de la [Comunidad Económica Europea] CEE. Estos Acuerdos perpetuaron, de hecho, la antigua división del trabajo relegando al África independiente a la producción de materias primas en el momento mismo en que -durante el período Bandung (desde 1955 hasta 1975)- el Tercer Mundo se lanzó en otras latitudes a la revolución industrial. Ellos hicieron que África perdiera alrededor de treinta años en este decisivo momento de cambio histórico. Sin duda, las clases africanas dominantes fueron parcialmente responsables de aquello que inició la involución del continente, en particular cuando se unieron al campo neocolonial en contra de las aspiraciones de su propio pueblo, cuya debilidad explotaron. La confabulación entre las clases dominantes africanas y las estrategias globales del imperialismo es, por tanto, y en última instancia, la causa del fracaso.

III. Aún después de conquistar su independencia política, los pueblos de África desde 1960 impulsaron en los proyectos de desarrollo los objetivos centrales que eran más o menos idénticos a aquellos perseguidos en Asia y América Latina, a pesar de las diferencias de los discursos ideológicos que los acompañaron en todas partes. Este denominador común se comprende con facilidad si recordamos que en 1945 casi todos los países asiáticos (excluyendo a Japón), África (incluyendo a Sudáfrica) y -aunque con algunos matices- América Latina estaban todavía desprovistos de cualquier industria propiamente dicha -excepto una minería dispersa-, con predominio rural en la composición de su población, gobernados por regímenes arcaicos, oligarquías terratenientes o coloniales (África, India, sudeste asiático). Más allá de su gran diversidad, todos los movimientos de liberación nacional tenían los mismos objetivos de independencia política, modernización del Estado, industrialización de la economía.

En la actualidad existe una fuerte tentación de entender esta historia como la de una etapa de expansión del capitalismo mundial, de la cual se ha dicho que ha jugado, más o menos, ciertas funciones relacionadas con la acumulación primitiva nacional y que a través de esta crea las condiciones para la próxima etapa, en la que ahora se supone que estemos entrando, y que se distingue por la apertura al mercado mundial y la competencia en este campo. No sugiero ceder ante esta tentación. Las fuerzas dominantes del capitalismo mundial no han creado “espontáneamente” el (los) modelo(s) de desarrollo. Este “desarrollo” le fue impuesto. Fue el producto del movimiento de liberación nacional del Tercer Mundo contemporáneo. El enfoque que propongo subraya la contradicción entre las tendencias espontáneas e inmediatas del sistema capitalista, las que siempre están guiadas solo por las ganancias financieras a corto plazo que caracterizan este modo de administración social, y las visiones a largo plazo que guían el aumento de las fuerzas políticas, en conflicto por esa misma razón, con la anterior. Este conflicto, ciertamente, no resulta siempre radical, el capitalismo mismo se ajusta a él, incluso de manera ventajosa. Pero solo se ajusta, no genera su movimiento.

Todos los movimientos de liberación en África compartieron esta visión modernista, la cual califico de capitalista por esta misma razón. Capitalista por su concepto de modernización, del que se esperaba que produjera las relaciones de producción y las relaciones sociales básicas propias del capitalismo: las relaciones salariales, la administración de los negocios, la urbanización, los patrones de educación, el concepto de ciudadanía nacional. Sin duda, también otros valores característicos del capitalismo contemporáneo, como el de la democracia política, desafortunadamente estuvieron ausentes, y esto se debió a las exigencias asociadas a los inicios del desarrollo. Todos los países de la región -radicales y moderados- escogieron la misma fórmula del partido único, elecciones absurdas y líderes fundadores de las naciones, etc. Incluso, en la ausencia de una clase media empresarial se esperaba que el Estado -y sus tecnócratas- la sustituyeran. Pero algunas veces, la emergencia de la clase media era vista con sospechas con relación a la prioridad que más tarde se le daría a sus intereses inmediatos sobre aquellos en construcción a más largo plazo. La sospecha devino, en el ala radical del movimiento de liberación nacional, sinónimo de exclusión. Esta ala radical entonces creyó, de manera natural, que su proyecto era el de la “construcción del socialismo”. Y asumió, entonces, la ideología soviética.

Si adoptamos el criterio del movimiento de liberación nacional, que es la “construcción nacional”, los resultados son en su conjunto discutibles. La razón estriba en que, mientras que el desarrollo del capitalismo en sus primeras etapas sirvió de base para la integración nacional, la globalización que operaba en las periferias del sistema, por el contrario, quebró las sociedades. Sin embargo, la ideología del movimiento nacional ignoró esta contradicción, cerrándose en el concepto burgués de “sobreponerse a su retraso histórico”, y concibió esta nivelación desde una participación pasiva en la división internacional del trabajo (y no trató de modificarla mediante la desconexión). Sin duda, de acuerdo con las características específicas de las sociedades precapitalistas neocoloniales, este impacto de desintegración fue, más o menos, dramático. En África, donde los límites coloniales artificiales no respetaron las historias previas de sus pueblos, la desintegración asociada a la “periferización” capitalista hizo posible que sobreviviera el etnicismo, a pesar de los esfuerzos de las clases dominantes, una vez conseguida la liberación nacional, de eliminar estas manifestaciones. Cuando la crisis llegó destruyendo de improviso los incrementos en los excedentes que habían sido promovidos por las políticas transétnicas de financiamiento del nuevo Estado, la misma clase dominante se fragmentó, perdiendo toda legitimidad basada en los logros del “desarrollo”, tratando de crear para sí nuevas bases a menudo asociadas con el retroceso étnico.

Mientras un número de países en Asia y América Latina se lanzó durante aquellas “décadas del desarrollo” de la segunda mitad del siglo XX a un proceso de industrialización que resultó, en algunos casos, ser competitivo en los mercados globales, “el desarrollo exitoso” (de hecho, desarrollo sin crecimiento) se dio en África dentro de los marcos de la antigua división del trabajo, es decir, proveyendo materias primas. Los países petroleros, al igual que aquellos que poseen importantes recursos minerales como cobre, usualmente sufren de largas crisis estructurales de demanda, al igual que algunas “agriculturas tropicales”, como Costa de Marfil, Kenia, Malawi. Estos fueron presentados como “éxitos brillantes”. De hecho, ellos no tenían futuro, pertenecían al pasado desde el inicio de su prosperidad. Es por ello que la mayoría de estas experiencias resultaron ser de crecimiento no exitoso incluso dentro de los límites de la antigua división del trabajo. Este es el caso de la mayor parte del África subsahariana. Estas dificultades no fueron necesariamente el resultado de “malas políticas”, sino de condiciones objetivas. Por ejemplo, este tipo de desarrollo ya había sido alcanzado en las épocas coloniales y llegó a su máxima expresión alrededor de 1960. Es el caso de Ghana, íel milagro de la Costa marfileña fue simplemente un caso de catching up [nivelización] con los éxitos alcanzados en la costa oeste africana!

IV. Lo que siguió a la erosión de los proyectos de desarrollo nacional de los años sesenta y setenta está bien documentado.

El punto de partida fue una regresión brutal, en los ochenta, en el equilibrio de las fuerzas sociales para beneficiar al capital. El capital dominante, representado por las transnacionales, pasó a la ofensiva, operando en África a través de los llamados “programas de ajuste estructural” impuestos a todo el continente desde la década de los ochenta. Les denomino “llamados” porque, de hecho, aquellos programas fueron más coyunturales que estructurales, su objetivo real y exclusivo era la subordinación de las economías de África constriñéndolas al pago de los servicios de la alta deuda externa, de lo cual resulta, en gran medida, el producto real del estancamiento que comenzó a aparecer en los Países Menos Adelantados junto con la profundización de la crisis del sistema global.

Durante las dos últimas décadas del siglo pasado, las tasas promedio de crecimiento del PIB cayeron aproximadamente hasta la mitad de lo que habían sido en las dos décadas anteriores, para todas las regiones del mundo, incluida África. La excepción fue el este asiático.

Es durante el período de crisis estructural que la deuda externa de los países del Tercer Mundo (y de Europa del Este) comenzó a crecer peligrosamente. La crisis global está, por cierto -como suele ocurrir-, caracterizada por el crecimiento de la desigualdad en la distribución de los ingresos, altas tasas de beneficios y, por tanto, un aumento del excedente del capital que no puede encontrar una salida en la expansión de los sistemas productivos. Las salidas financieras alternativas tenían que ser creadas para evitar la desvalorización brutal del capital. El déficit de los Estados Unidos, la deuda externa de los países del Tercer Mundo son respuestas a este financiamiento del sistema. La carga había ahora alcanzado niveles insostenibles. ¿Cómo podría un país pobre africano destinar la mitad, o más, de sus exportaciones solo al pago de los intereses de dicha deuda y, a la vez, exigírsele ser “más eficiente” y “ajustarse”? Recordemos que después de la Primer Guerra Mundial el pago de las reparaciones alemanas representó solamente el 7 % de las exportaciones de este poderoso país industrial. íY entonces, la mayoría de los economistas de la época consideraban este nivel muy alto y el “ajuste” alemán como algo imposible! íAlemania no podía ceñirse a la pérdida del 7 % de su potencial exportador, pero se suponía que Tanzania fuera capaz de ajustarse a la pérdida del 60 % del mismo!

Los resultados devastadores de estas políticas son conocidos: regresión económica, desastres sociales, inestabilidad creciente y también, en ocasiones, la conmoción de toda la sociedad (como en Ruanda, Somalia, Liberia y Sierra Leona). Durante la década de los noventa, las tasas de crecimiento del PIB per cápita en África fueron negativas (menos 0,2 %). Este continente fue el único en este caso. Como resultado, su participación en el comercio mundial decreció. Este hecho es precisamente lo que se ha calificado de “marginalización”. En lugar de ello, debemos hablar de una dramática inadecuada integración en el sistema global. íLos economistas neoliberales convencionales pretenden que esta es solo una “transición dura” hacia un futuro mejor! Pero, ¿cómo puede ser? La destrucción de los tejidos sociales, el crecimiento de la pobreza, el retroceso en educación y salud no pueden deparar un futuro mejor, no pueden ayudar a los productores africanos a devenir “más competitivos” como se les exige. Más bien todo lo contrario.

Este programa neocolonial para África es, de hecho, el peor patrón de integración en el sistema global. No puede producir sino una mayor disminución de la capacidad de las sociedades africanas para enfrentar los retos modernos. Estos retos son seguramente novedosos en buena parte, relacionados con los efectos posibles a largo plazo de la revolución tecnológica en marcha (informática) y a través de ellos, en la organización del trabajo, su productividad y los nuevos patrones de la división internacional del trabajo. Lo que debe decirse al respecto es que todos estos desafíos están operando en el mundo real a través de conflictos en las estrategias. En este momento, el segmento dominante del capital global -las transnacionales- parece dictar lo que es favorable para el progreso de sus estrategias particulares. Los pueblos y los gobiernos africanos aún no han desarrollado contraestrategias propias similares, quizás, a las que los países del sudeste asiático tratan de impulsar. En este contexto la globalización no ofrece a África solución a ninguna de sus problemáticas. Las inversiones directas, privadas y extranjeras en el continente son, como todo el mundo conoce, insignificantes y exclusivamente concentradas en la minería y otros recursos naturales. En otras palabras, la estrategia de las transnacionales no ayuda a África a superar el patrón de la división internacional del trabajo que pertenece a un pasado remoto. La alternativa desde un punto de vista africano necesita combinar la construcción de economías y sociedades autocentradas y la participación en el sistema global. Esta ley general es válida para África en la actualidad tal como ha sido a través de la historia moderna para todas las regiones del mundo.

Es aún muy temprano para saber si los pueblos africanos avanzan hacia este objetivo. Existen discursos hoy sobre un “renacer africano”. No hay duda que la victoria del pueblo africano en Sudáfrica y el quiebre del sistema del apartheid creó esperanzas positivas, no solo para este país, sino también para muchas partes del continente. Pero aún no hay señales visibles de que estas esperanzas cristalicen en estrategias alternativas. Esto necesitaría de cambios dramáticos en varias dimensiones nacionales, superar aquello que generalmente se enmarca dentro de las etiquetas de la “buena gobernanza” y la “democracia política multipartidista”; así como también en los niveles regionales y globales. Otro patrón de globalización debería entonces emerger gradualmente de estos cambios, haciendo posible la corrección de la mala integración de África al sistema global.

(1) Traducido del francés y del inglés por Yanelis Rodríguez Rodríguez y Oscar Ochoa González.
(2) Samir Amin: (Egipto, 1931). Economista, director del Instituto Africano para Desarrollo Económico y la Planificación en las décadas de los setenta y los ochenta. Director del Foro del Tercer Mundo (FTM) y Miembro Presidente del Foro Mundial de Alternativas (FMA). Autor de numerosos libros, entre sus publicaciones más recientes se encuentran: Obsolescent capitalism (2003), The liberal virus (2004), Beyond US hegemony (2006), A life looking forward, Memoirs of an independent marxist (2006), The world we wish to see: revolutionary objectives for the 21 st Century (2008), From Capitalism to civilisation, reconstructing the socialist perspective (2010).
(3) Serge Cordelier: La mondialisation au delà des mythes, La Découverte, París, 1997, p. 141 (datos de OMC, 1995).

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